jueves, 22 de septiembre de 2016
El agua es vida
- Artículo
de opinión por Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas
En las Naciones Unidas el 22 de marzo es el Día
Mundial del Agua. No esperamos que la gente interrumpa sus quehaceres y guarde
un minuto de silencio, pero quizás debería hacerlo. Cada 20 segundos muere un
niño como consecuencia de enfermedades relacionadas con la falta de agua
potable. Eso arroja la escandalosa cifra de 1,5 millones de jóvenes vidas
truncadas cada año.
En el mundo, más de 2.500 millones de personas viven
en condiciones pésimas de higiene y saneamiento. Ayudándoles haríamos algo más
que reducir el número de muertes; también contribuiríamos a proteger el medio
ambiente, paliar la pobreza y promover el desarrollo. La razón es que el agua
es fundamental para gran parte de la labor que realizamos con esos fines.
El agua es esencial para la supervivencia. A
diferencia del petróleo, no hay sustitutos. Pero hoy en día los recursos de
agua dulce se están aprovechando casi al máximo de su capacidad. El crecimiento
demográfico exacerbará el problema, al igual que el cambio climático. Cuanto
más crece la economía mundial, más sed de agua tiene.
Como en el caso del petróleo, los problemas derivados
de la escasez de un recurso esencial suelen a cruzar las fronteras.
International Alert indica que hay 46 países, donde viven 2.700 millones de
personas, en los que el cambio climático y las crisis relacionadas con el agua
crean un elevado riesgo de conflictos violentos. En otros 56 países, con una población
de 1.200 millones de habitantes, existe un elevado riesgo de inestabilidad
política. Esto es más de la mitad de la población mundial.
No se trata de una cuestión de ricos o pobres, del
norte o del sur. Ante la celebración de los Juegos Olímpicos, China está
desviando centenares de millones de metros cúbicos de agua a una ciudad como
Beijing, propensa a la sequía, pero se prevé que la escasez continuará durante
años. En América del Norte, el enorme caudal del río Colorado rara vez llega al
mar. La falta de agua afecta a una tercera parte de los Estados Unidos y a una
quinta parte de España.
El sistema hídrico del lago Chad, en el África
central, sostiene a unos 30 millones de personas. Sin embargo, durante los 30
últimos años se ha reducido a una décima parte de su superficie anterior,
debido a la sequía, al cambio climático, a una mala gestión y a una explotación
excesiva. Al visitar el Brasil el otoño pasado, tuve que anular una excursión
por un importante afluente del Amazonas. Se había secado.
Me he pasado el último año pregonando la importancia
del cambio climático. Hemos visto los resultados en la “hoja de ruta de Bali”
que traza el camino que deben seguir las negociaciones sobre un tratado
jurídicamente vinculante para limitar las emisiones de gases de efecto
invernadero tomando el relevo del Protocolo de Kyoto cuando éste expire en
2012. Este año intentaré concienciar a la opinión pública acerca de los
objetivos de desarrollo del Milenio.
Uno de esos objetivos es reducir a la mitad para 2015
el número de personas que no tienen acceso al agua en condiciones de seguridad.
Se trata de un objetivo crucial. Cuando se examinan los problemas de salud y
desarrollo que debe afrontar la población mundial más pobre —enfermedades como
la malaria o la tuberculosis, aumento de los precios de los alimentos,
degradación del medio ambiente— el agua resulta ser a menudo el común
denominador.
El próximo mes de septiembre reuniré a altos cargos
políticos de todo el mundo en una cumbre que tendrá lugar en Nueva York para
estudiar la manera de alcanzar los objetivos fijados, sobre todo en África.
Mientras tanto, tenemos que empezar a pensar mejores estrategias para
administrar el agua —para aprovecharla de manera eficiente y compartirla
equitativamente. Eso significa establecer alianzas en las que participen no
sólo los gobiernos sino también grupos, personas y empresas de la sociedad
civil.
Nos hallamos en las primeras fases de esta toma de
conciencia. Pero hay algunos signos alentadores, especialmente en el sector privado.
Durante mucho tiempo se ha considerado culpables a las empresas. Las columnas
de humo de las centrales eléctricas contaminan nuestro aire, los vertidos de la
industria ensucian nuestros ríos; pero eso está cambiando. Las empresas
trabajan cada vez más para ser parte de la solución y no del problema.
Este mes se reunieron en Nueva York miembros del Pacto
Mundial de las Naciones Unidas, la mayor iniciativa voluntaria de civismo
empresarial del mundo, para tratar la cuestión del agua. Las empresas presentes
tenían un valor total de cerca de medio billón de dólares y empleados en unos
200 países.
El tema principal: pasar del simple aprovechamiento a
una buena gestión del agua. Eso se traduce en un compromiso de colaboración con
las Naciones Unidas, los gobiernos y los grupos de la sociedad civil para
proteger lo que es un recurso cada vez más escaso y beneficiar a las
comunidades locales.
Todo viaje está constituido por una infinidad de
pequeños pasos y de ellos se habló también. Una importante empresa textil
explicó como trabajaba con las administraciones locales y los agricultores para
conservar las cuencas hidrográficas al cultivar el algodón. Un diseñador de
pantalones vaqueros se propone cambiar las etiquetas indicando que deben
lavarse en frío y colgarse a secar como medida para ahorrar agua.
Una gota en un balde de agua, dirán algunos. Pero para
mí es el comienzo de una oleada de cambio.
http://www.cinu.org.mx/prensa/opeds/2008OPEDaguaesvida.html
esspero sea de su agrado
- Artículo
de opinión por Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas
http://www.cinu.org.mx/prensa/opeds/2008OPEDaguaesvida.html
esspero sea de su agrado
Suscribirse a:
Entradas (Atom)